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Cuando abrí este blog llevaba 30 años ejerciendo el periodismo en Castilla y León, todo ese tiempo siguiendo la actualidad politica regional y, en particular, las andanzas de las instituciones autonómicas. Una excitante experiencia que, después de un paréntesis técnico, vuelvo a compartir con quienes se dejen caer por aquí.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Mucha tela por cortar

  El aluvión de sondeos electorales publicado en los últimos días confirma, punto arriba punto abajo, que el resultado deparado por las urnas andaluzas resulta en buena medida extrapolable a unas eventuales elecciones generales. Como era de prever, la irrupción de Vox se extiende de forma uniforme al conjunto de España, lo que ratifica que su principal caldo cultivo en Andalucía no ha sido otro que el patrioterismo suscitado por el desafío separatista en Cataluña (más exactamente, la actitud tibia o pusilánime que a juicio del electorado situado más a la derecha han mantenido sobre el particular tanto el gobierno Sánchez como el de Rajoy).


Alfonso Fdez. Mañueco y Pablo Casado
 En efecto, Vox ha venido para quedarse y el PP de Pablo Casado y José María Aznar está encantado de ello. Ideológicamente consideran a Santiago Abascal un hijo pródigo y dan por bueno que una buena parte de su súbito despegue electoral haya sido a costa de diezmar al PP si con ello se ha ensanchado el espacio global de la derecha en detrimento del de la izquierda. “Siempre que seamos el partido hegemónico de la derecha, Vox no tendrá más remedio que apoyarnos si quiere cerrar el paso a la izquierda”. Este es el pensamiento de Casado, y la alternancia política que se está fraguando en Andalucía, con Ciudadanos como tercera pata del trípode, abona ese pragmatismo.

Mientras que en 2012 Javier “campeón”Arenas se vio relegado a la oposición pese a ganar las elecciones con el 40,66 por ciento y mas de 1,5 millones de votos, Moreno Bonilla va a presidir la Junta de Andalucía con un porcentaje del 20,75 y menos de la mitad de aquellos votos. Cuestión diferente es que esa ecuación tan favorable, con la que Casado ha camuflado la pérdida de más de 310.000 votos respecto a las anteriores elecciones andaluzas, se vuelva a reproducir mecánicamente cada vez que vuelva a haber elecciones. Entre otras cosas, porque para nada está garantizado que Ciudadanos -y así lo ha advertido ya el propio Albert Rivera- en el futuro vaya a pactar de forma sistemática con el PP y no digamos si para que salga la ecuación es imprescindible la incómoda y molesta presencia de la extrema derecha.

 Centrándonos en Castilla y León, lo previsible es que Vox, que con toda seguridad obtendrá representación parlamentaria en las próximas Cortes, no tenga sin embargo un papel determinante a la hora de inclinar el signo del próximo gobierno autonómico. Lo normal es que, por mucho que retroceda, el PP siga siendo la fuerza más votada en la comunidad y que con Ciudadanos alcance sobradamente la mayoría absoluta de 41 procuradores necesaria para investir al sucesor de Juan Vicente Herrera (en el actual hemiciclo ambos suman 47, 42 y cinco, respectivamente).

Albert Rivera durante una visita a las Cortes
 El problema para el PP es que esa cifra crítica de 41 escaños pueda obtenerse también de una eventual suma de los procuradores logrados por el PSOE y Ciudadanos, en cuyo caso el partido naranja tendría en su mano pactar indistintamente con cualquiera de los dos exponentes del tan denostado bipartidismo. Esta es la gran incógnita que no se despejará hasta las elecciones autonómicas del próximo mes de mayo.

  El escenario abierto en Andalucía sienta dos precedentes a tener en cuenta. Uno es que el PP se ha pasado por el forro ese principio que tan machaconamente defendía a favor de que gobernaran las listas más votadas y que éstas no se vieran desplazadas por los “pactos de perdedores”. Y otro es que Ciudadanos, pese a ser la tercera fuerza en votos, no ha tenido ningún complejo en defender la opción de su candidato a presidir el gobierno andaluz. Pero dichos precedentes no son los dos únicos factores que dan pábulo a ese posible pacto entre PSOE y Ciudadanos si ambos suman la cifra requerida.


Partiendo de la base de que el PP sea la lista más votada, su candidato, Alfonso Fernández Mañueco, no podría renunciar, como no ha renunciado Moreno Bonilla en Andalucía, a presidir la Junta en beneficio del candidato de otro partido con menos escaños, como sería Ciudadanos. Por el contrario, el socialista Luis Tudanca, aun siendo el PSOE la segunda fuerza política, previsiblemente no tendría ningún inconveniente en apoyar la investidura del candidato naranja. Si Tudanca tiene la posibilidad de elegir entre ser vicepresidente de la Junta o seguir siendo portavoz de la oposición creo que la disyuntiva admite pocas dudas.

Luis Tudanca
 Añádase a ello que Ciudadanos puede vender su pacto con los socialistas argumentando la necesidad de propiciar la alternancia política y la regeneración democrática en una comunidad sometida durante 32 años a sucesivos gobiernos del PP salpicados por graves casos de corrupción cuya investigación parlamentaria (trama eólica, Perla Negra, polígono de Portillo, etc. etc.) se ha visto groseramente obstruida por el grupo popular de las Cortes.

Todo lo anterior sin olvidar que las elecciones municipales a celebrar el mismo día van a volver a deparar el fraccionamiento político que ya registraron los principales ayuntamientos de la comunidad en 2015, cuando tan solo el de Soria capital registró una mayoría absoluta. Un fraccionamiento corregido y aumentado al aparecer en escena Vox, que en el ámbito municipal sí puede tener un papel determinante.

Y lo mismo cabe decir en relación con las Diputaciones provinciales, donde va a ser extraordinariamente difícil que se reproduzcan las mayorías absolutas que el PP consiguió en 2015. Hace al caso recordar al respecto las reveladoras declaraciones realizadas hace un mes por el secretario autonómico del PP, Francisco Vázquez, quien, preguntado sobre posibles pactos poselectorales, no descartó un “pacto global” en el que, para conservar la Junta, su partido tenga que ceder algunas alcaldías o presidencias de la Diputación. Mucha pero que mucha tela habrá que cortar.