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Cuando abrí este blog llevaba 30 años ejerciendo el periodismo en Castilla y León, todo ese tiempo siguiendo la actualidad politica regional y, en particular, las andanzas de las instituciones autonómicas. Una excitante experiencia que, después de un paréntesis técnico, vuelvo a compartir con quienes se dejen caer por aquí.

lunes, 28 de diciembre de 2015

De derechas, pero menos


 Ocho días después de que hablaran las urnas, a la mayor parte de los principales candidatos en liza -por no decir a todos, salvo a Pablo Iglesias- les está costando mucho digerir el veredicto electoral del 20-D. Pese a la debacle sufrida por el bipartidismo -que se ha dejado en la gatera más de cinco millones de votos- sus máximos responsables siguen mirándose al ombligo y recurriendo a los argumentos mas peregrinos con tal de no reconocer su monumental descalabro.


En una democracia normalizada, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez tendrían que haber dimitido hace una semana. Al primero se le han esfumado 3,6 de los 10,8 millones de votos que el mismo recolectó en 2011, y con ellos la mayoría absoluta que le ha permitido gobernar a sus anchas durante los últimos 4 años. Hay que retrotraerse a las elecciones de 1989, las primeras tras la refundación del partido impulsada por José María Aznar, para encontrar un peor resultado del PP en unas elecciones generales.

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez
 El del PSOE es un desplome electoral histórico. Sánchez ha firmado el peor resultado electoral conocido por los socialistas desde 1977, bajando por primera vez de los 100 diputados. El mayor batacazo anterior corrió por cuenta de Rubalcaba, quien solo pudo retener 110 escaños y 7 de los más de 11 millones de votos amasados por Zapatero tanto en las elecciones de 2004 como en las de 2008. Pero lo de Sánchez tiene dimensiones de hecatombe: ha perdido mas de 1.5 millones de votos con respecto a Rubalcaba y 5,7 millones (más del 50 por ciento) con relación a Zapatero.

 Pero, lejos de irse a casa y dejar que sus respectivos partidos intenten salir del atolladero, ahí están Rajoy y Sánchez intentando como sea no solo salir a flote, sino disputándose el inquilinato de La Moncloa. Se diría que no han entendido nada, pero creo que resulta más exacto decir que no tienen el menor interés en entenderlo.

  Siendo cierto que el bipartidismo como tal ha sufrido un descalabro, no lo es menos que el PP y el PSOE siguen siendo las dos primeras fuerzas políticas. Lo que ocurre es que, con los resultados del 20-D sobre la mesa,  Rajoy y Sánchez son dos políticos amortizados. Y gracias pueden dar al sistema electoral vigente, que ha vuelto a favorecerles. No por la regla inventada por Victor D’Hont, el jurista belga al que se le endosa erróneamente la desproporcionalidad entre el número de votos y los escaños obtenidos por cada fuerza política. Como vimos aquí recientemente a propósito de las pasadas elecciones autonómicas, dicha distorsión no tiene su origen en la regla D’Hont, sino en la distribución de los escaños en circunscripciones provinciales que alteran la deseable proporcionalidad.

Pablo Iglesias durante su mitin electoral en Valladolid
 “La Sexta noche” ofrecía el pasado sábado una extrapolación de los resultados del 20-D, adjudicando los escaños en el escenario de una  circunscripción estatal única, que es la que rige en las elecciones europeas.
Y resultaba que el PP no hubiera obtenido 123 diputados, sino 104, y que el PSOE se habría quedado con 79, es decir, once menos de los 90 conseguidos. Podemos contaría con 73 en lugar de con 69, Ciudadanos dispondría de 50 en lugar de 40 y Unidad Popular (IU) pasaría de tener dos a contar con 13. El caso de Unidad Popular es especialmente sangrante y elocuente de la distorsión causada por las circunscripciones provinciales, ya que con 923.133 votos obtiene el mismo número de diputados (dos) que EH Bildu con 218.467 votos.

 Realizada esa misma extrapolación a una hipotética circunscripción única para toda la comunidad de Castilla y León, los 32 diputados se habrían distribuido de forma bastante diferente. En lugar de asignarse 17, el PP solo habría conseguido 13. El PSOE se quedaría con ocho (uno menos), Ciudadanos y Podemos no habrían empatado a tres sino a cinco, y los 68.464 votos sumados por Unidad Popular le hubieran dado de sobra para un escaño (el octavo de los socialistas habría salido con 42.213).

 Analizados los resultados del 20-D desde el tradicional eje izquierda-derecha, nos encontramos con que la suma del porcentaje de votos del PP (39,15 %) y Ciudadanos (15,36) alcanza el 54,51 (55,64 incluyendo UPyD y Vox). Por su parte, PSOE (22,48), Podemos (15,03)  y Unidad Popular (4,56) suman en conjunto el 42,07. Ese diferencial de 13,57 puntos es casi la mitad que el registrado en 2011, elecciones en las que el PP (55,37) y UPyD (6,12) sumaron el 61,49 por ciento frente al 34,76 del bloque PP-IU (un 26,73 de diferencia). La conclusión es que Castilla y León sigue votando mayoritariamente a la derecha, pero no de forma tan aplastante como lo hacía hace cuatro años.

Albert Rivera durante su mitin electoral en Ávila
 Este giro hacia la izquierda -registrado ya en las elecciones autonómicas de mayo, en las que el primer bloque sumó un 49,47 y el segundo un 42,20- ha tenido reflejo en la distribución de escaños resultante tras el 20-D. Tanto que no existía precedente en Castilla y León de que una fuerza política situada a la izquierda del PSOE alcanzara representación en el Congreso de los Diputados. Con los tres diputados que ha logrado, Podemos ha roto ese monopolio en la izquierda mantenido por los socialistas de Castilla y León desde 1977.

 Por el contrario, la irrupción de Ciudadanos carece de esa dimensión histórica, ya que, por más que ha intentado patrimonializar la figura de Adolfo Suárez, ha estado lejos de igualar el resultado conseguido por el CDS enlas elecciones de 1986: el 17,46 por ciento de los votos, 4 diputados y tres senadores.
 En rigor, la trayectoria del partido de Albert Rivera no resiste la menor comparación con la del partido de Suárez, que, hasta recibir ese abrazo del oso del PP que fue el pacto municipal y autonómico firmado en 1989, fue un partido de verdadera vocación centrista al que a finales de 1987 no le tembló el pulso en Castilla y León para devolver a la Junta los primeros Presupuestos presentados por el gobierno que presidía José María Aznar. Cualquier parecido con la obsequiosidad mostrada desde el primer día por Ciudadanos hacia el PP de Juan Vicente Herrera resulta pura coincidencia. Por no decir insultante hacia políticos tan dignos y respetables como Daniel de Fernando y la inmensa mayoría de los dirigentes con los que compartió las aventuras y desventuras de aquel malogrado partido.